Semillas del común – Guillermo Quintero Vargas

En esta intervención, el artista Guillermo Quintero se tomó las fachadas exteriores de un inmueble ubicado en la esquina de la calle 37 con carrera 23 para reivindicar la memoria de dos de los más connotados representantes de la historia de Colombia e Hispanoamérica, nacidos en territorio santandereano en diferentes épocas: José Antonio Galán y Luis Carlos Galán Sarmiento, con cercanas características ancestrales de familia, territorio y aproximaciones palpables en su legado cultural, social y político.

Para ello se realizó el cubrimiento total de las paredes exteriores con un color vino tinto matizado, preparado con el procedimiento tradicional de la mezcla de tierras, agua y fijador. los espacios de las puertas y ventanas se cubrieron con módulos ensamblados, en cuadrantes de madera con franjas textiles entrecruzadas; sobre el muro de la calle 37, se reescribió de forma tallada el contenido del poema Comuneros del Socorro, texto incluido en el libro Canto General, escrito por el premio nobel chileno de literatura Pablo Neruda en 1781, quien con sus versos hace alusión directa a unos hechos que guardan relación profunda con trascendentales sucesos históricos de las gentes de nuestra región.

Como actividad complementaria se convocó a ciudadanos y ciudadanas de la región de apellido Galán a participar de una lectura del poema y a hablar sobre su parentesco o vinculación con la descendencia de los dos líderes santandereanos.

 

COMUNEROS DEL SOCORRO (1781)

Fue Manuela Beltrán (cuando rompió los bandos

del opresor, y gritó: “Mueran los déspotas”)

la que los nuevos cereales

desparramó por nuestra tierra.

Fue en Nueva Granada, en la villa

del Socorro. Los comuneros

sacudieron el virreinato

en un eclipse precursor.

 

Se unieron contra los estancos,

contra el manchado privilegio,

y levantaron la cartilla

de las peticiones forales.

Se unieron con armas y piedras,

milicia y mujeres, el pueblo,

orden y furia, encaminados

hacia Bogotá y su linaje.

 

Entonces bajó el Arzobispo.

“Tendréis todos vuestros derechos,

en nombre de Dios lo prometo.”

 

El pueblo se juntó en la plaza.

 

Y el Arzobispo celebró

una misa y un juramento.

 

El era la paz justiciera.

“Guardad las armas. Cada uno

a vuestra casa”, sentenció.

 

Los comuneros entregaron

las armas. En Bogotá

festejaron al Arzobispo,

celebraron su traición,

su perjurio, en la misa pérfida,

y negaron pan y derecho.

 

Fusilaron a los caudillos,

repartieron entre los pueblos

sus cabezas recién cortadas,

con bendiciones del Prelado

y bailes en el Virreinato.

 

Primeras, pesadas semillas

arrojadas a las regiones,

permanecéis, ciegas estatuas,

incubando en la noche hostil

la insurrección de las espigas.

 

Pablo Neruda

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